Cuando el ultimo adiós es crecer al infinito

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A casi un mes de la partida de Gustavo Cerati, Bunkarama publica esta nota personal recordando al artista y poeta que dejó un legado indeleble en la historia del rock latinoamericano.

Por: Pedro Suárez.
Fotos: Daniela Álvarez.

Filadelfia – Estados Unidos.

Septiembre 5 de 2014. Una mañana primaveralmente lluviosa anunciaba lo que para muchos era imaginable, y aun así, aguardábamos un milagro celestial o una señal cósmica que reactivara nuestras esperanzas. Esa mañana en Buenos Aires, Gustavo Cerati trascendió este valle de lágrimas para volverse una leyenda, un mito, una historia que será susurrada y reproducida por varias generaciones.

DSCF2357La verdad, preferí escribir esta nota cuando el ambiente se calmara un poco luego de tanto show mediático en cuanto a su funeral. Hay que tener la cabeza fría para inspirarse y escribir algo que realmente el lector se conectara sin tanta alharaca. Y tomo esa frase de su canción Adiós (Ahí Vamos, 2006) para afirmar que la muerte no debe ser una partida trágica sino una enseñanza de saber despedirnos aun cuando pueda ser dolorosa y a sabiendas que es un viaje sin retorno.

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Muchos no dudaron de despedirlo como se hace a un gran poeta y maestro. Desde sus rivales como el Indio Solari hasta sus amigos como Zeta Bossio, Charly Alberti, entre otros dejaron palabras de agradecimiento y de resignación recordando su profundo paso que dejó en la música. Pero quizás el gran duelo lo experimentaron todos los argentinos y latinoamericanos quienes masivamente fueron al Palacio de la Legislatura y a su posterior inhumación en el Cementerio de La Chacarita a despedirlo entre lágrimas, canciones y mensajes de apoyo a su familia. Su madre, Lilian Clark, acompañada por sus nietos Benito y Lisa y otros parientes, recibieron este efusivo, desgarrador pero agradecido gesto de la gran multitud, la cual pareciera interminable. Una despedida digna de un artista que tocó el corazón y el alma de todo un continente. Incuso entre los que no eran fanáticos de su música: “Te pega mucho más de lo que esperabas porque cada canción está ahí ocupando algún huequito, remitiéndote a algún lado”, afirmaba tristemente una chica al ser entrevistada para un periódico bonaerense. Un huequito que llenó muchas anécdotas de la vida de todos, incluyéndome.

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Mi primera vez con Soda Stereo cuando era joven fue a finales de los años ochenta; una canción se asomaba en un LP o acetato compilatorio lanzado en Colombia: Llena Tu Cabeza de Rock, en donde Picnic En El 4B fue la que me atrajo un poco ese sonido pop argentino con tintes británicos a lo The Cure. La recuerdo porque estaba en la secundaria y muchos en esa época me tildaron de “raro, metálico, oveja descarriada, loco” en una ciudad que sonaba a carnaval, bullerengue y vallenato.

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Emergieron después “los raros, los locos, los descarriados” fanáticos del rock en español en un concierto que, aunque no pude asistir, quedó en los anaqueles de la historia de Barranquilla: la presentación “macondiana” de Soda Stereo el 14 de octubre de 1995 en el Estadio Romelio Martínez. Y exagero al decirlo ya que telonearon con una banda de merengue: Rikarena. Muchos hostilmente exigían que los bajaran de la tarima, pero ellos quizás por gusto siguieron tocando y unos pocos fans en cambio los aplaudieron y se gozaron sus temas. Cerati devolvía una sonrisa y a pesar de todo, disfrutó de la estadía en Barranquilla y de conocer a una desconocida Shakira, quien años después se volverían a encontrar.

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Cada canción de Soda Stereo bajo su batuta compositora fue como un palimpsesto de metáforas y anécdotas entre lo personal y lo imaginario. Un ejemplo fue la canción Te Para Tres. Su madre había quedado impactada, aunque pareciera un simple relato de encuentro romántico triste al estilo menage-a-trois a simple vista: la descripción de esa tarde en la que Juan José Cerati, su padre, reunió a la familia para anunciar su cáncer terminal en la cocina tomando un té. “…Por eso el ‘te vi que llorabas, te vi que llorabas por él…’. Se me pone la piel de gallina en este momento. Ese tema nació en esta casa, tomando el té mi marido, Gustavo y yo.” Surgieron nuevos seguidores de Cerati, ya por ese tiempo deslindado de Soda Stereo y siendo solista.

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Una de sus canciones que me recuerda mucho mi estadía en Bogotá fue Bocanada. Una ex me había acercado a ese tema, en el que el amor pareciera “esfumarse en el amanecer”, bajo sonidos vintage en una ciudad que es de todos y de nadie. Mi buen amigo Juan Ensuncho, un aficionado a la poesía de Cerati, escribió esta larga crónica en el que contaba cómo sufrió con su esposa para poder finalmente ingresar y verlo por unos instantes a pesar de las adversidades, porque hasta en eso la magia aparece, “el universo está a mi favor, y es tan mágico.”

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Tuve el privilegio de ver el retorno de Soda Stereo en Bogotá, casualmente en el día de cumpleaños de una prima: 24 de noviembre de 2007 en el Parque Simón Bolívar. Un show que a pesar de haber durado más de 3 horas, no fueron suficientes para la masiva asistencia quienes querían que ese concierto siguiera de largo hasta el amanecer. En primera fila, vi no sólo a sus integrantes con los años marcados pero con el mismo espíritu rockero y juvenil de siempre, sino además muchas familias, jóvenes y viejos, padres e hijos, en una sola pero fuerte voz coreando las canciones, las diferencias generacionales hicieron tregua. Un sábado mágico que a pesar del frío y de los nubarrones amenazantes, volvimos a renacer con canciones como Signos, Prófugos, Nada Personal, El Temblor… temas que muchos atesoramos en cada rincón mental como cuál pirata del caribe enterrase sus doblones de oro en una isla.

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Por esa razón, con esa tranquilidad de que partió en su nave hacia un millón de años luz de casa, lo recordaremos siempre a través de sus melodías hecha poesía (¿o al revés?) por todo un continente y por toda una generación. Gustavo, una vez más, ¡Gracias Totales!

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